Era un día lluvioso en Altafulla, Tarragona, cuando el Castillo de Tamarit se preparaba para recibir a Elena y Pablo en su día de boda. A pesar de la lluvia, el lugar era mágico, con vistas impresionantes al mar un entorno idílico.
En el interior del castillo, los preparativos estaban en pleno apogeo. Elena se encontraba en una de las elegantes habitaciones, rodeada de sus amigas y familiares cercanos. Un equipo maquillaje y peluquería maquillaban y peinaban a la novia para que estuviera radiante.
Mientras tanto, Pablo en una habitación cercana, acompañada de su madre, tía y sobrinos, hacia lo propio, miraba al mar desde la ventana con recuerdos de la infancia con su padre, nervioso pero emocionado por el momento que estaba por venir. Sabía que Elena sería la mujer con la que compartiría el resto de su vida, y la idea le llenaba de alegría.
Llegó el momento de la ceremonia religiosa y todos dentro de la Iglesia del castillo. Elena caminaba por el pasillo hacia el altar donde le esperaba Pablo emocionado.
Tras el intercambio de anillos y el beso, la iglesia estalló en aplausos. La pareja estaba oficialmente unida . Los invitados, llenos de alegría y gratitud, celebraron con ellos este momento tan especial.
La fiesta posterior a la ceremonia estuvo llena de risas, bailes y abrazos. Aunque la lluvia persistía afuera, dentro del castillo la fiesta continuaba. Los invitados disfrutaron de deliciosos manjares, levantaron sus copas y brindaron por el amor y la felicidad de Elena y Pablo.
El amor de Elena y Pablo en ese momento, no importaba la lluvia. Lo que importaba era la felicidad y la alegría que sentían mutuamente.
El colofón final fue la discoteca donde fue un fiestón lo dieron todo hasta altas horas de la madrugada
El lugar maravilloso al mar y los momentos especiales que compartieron en ese día quedarían grabados en sus corazones para siempre.
Por ultimo quisieron rendir un homenaje muy emotivo y especial, todos lo invitados rodearon el mirador del mar, y lanzaron cada uno una flor al mar.